El volantazo

(o la fuerza de los culos)

Cualquiera pensaría que este día es uno más, en que me levanto a las siete y me ducho rápido para dejarle el baño a mi mujer y justo antes de despertar a los chicos me tropiezo con el tractorcito rojo o por ahí con el casco o la patineta. Un día como los otros: llevar los chicos a la escuela y después la oficina y buenos días, en qué le puedo ayudar y asentir cada vez que el director dice algo, ese gesto chiquito pero rotundo que a él le gusta tanto.
Sin embargo, hoy es un día distinto. A partir de hoy depende de mí seguir con esta vida de tropezarme desde temprano con el rastro de mis hijos y después esos sorbos apurados al mate un poco frío porque no hay tiempo, nunca hay tiempo. Hoy, con el mismo tono con el que siempre digo «sí, señor, claro, estoy en eso», puedo mandar a mi jefe a la recalcada concha de su puta madre, por ejemplo.
O podría irme. Dejar todo y volar, así de fácil. De mí depende darle que te darle hasta las siete con los clientes y después hacer tiempo hasta las nueve, que empieza el programa de los culos y los chistes. Ni siquiera tendría que irme lejos… ¿Quién te va a encontrar en Buenos Aires, entre catorce millones de infelices y algún que otro tipo más? Depende de mí, y sólo de mí, masticar en silencio la tapa de cuadril, que va a estar dura porque siempre está dura, mientras finjo que no me ocupan tanto los culos como los chistes, y de ahí a la cama, a contar culos. No: hoy no es un día más. Hoy depende de mí dar el volantazo, buscar otro camino.
O seguir con este, claro. 

2 comentarios:

Fernando Martínez dijo...

O seguir con este...
Estupenda narrativa, ágil.
Ayer disfrute enormemente de la velada microrrelatista con sabor a limón.
Gracias.

Santiago Ambao dijo...

Muchas gracias por pasar por el blog, y por venir ayer (no sabía que estabas ahí, hubiera estado bueno ponerte cara). Ojalá coincidamos en otro evento.